Él

Un amor olvidado que en realidad nunca dejó de existir.

jueves, 1 de marzo de 2012

Laura,

Siempre hay alguien, alguien inquietante, alguien inquietante,
No puedo dormir tranquilo, porque yo le tengo miedo a sońar
Y entonces la memoria de los sueńos
Siempre hay alguien, alguien inquietante, alguien inolvidable

Laura es el rostro en la noche brumosa
Pasos que se escucha en el pasillo
La risa que flota en una noche de verano
Que nunca puede recordar
Y se ve a Laura en un tren que pasa por
Esos ojos lo familiar que parece
Ella le dio su primer beso a usted
Que fue Laura, pero ella es sólo un sueńo

Ella le dio su primer beso a usted
Eso fue Laura
Pero ella es sólo un sueńo

lunes, 20 de febrero de 2012

El miedo es como la familia, todo el mundo tiene una.

El miedo es como una familia, todo el mundo tiene una.
Y volver a respirar, sin miedo. Cerrar los ojos y darme cuenta de que ya no estás, sentirme libre, al deshacerme de las cadenas que me ataban, sintiéndome libre, sola pero libre. Cerrar los ojos, pero sin volver la mente atrás, sin recordar todo lo que quedo sin contar. Beberme el miedo de un trago pero sin la resaca del día siguiente. Hacerle frente a todo lo que un día me detuvo y demostrarle al mundo que hoy nada puede conmigo, pero que yo puedo con todo. Sentirme segura, confiar en mí misma y aprender a quererme aunque solo sea un poco. Volver a ser la que era, la que añoraba sus historias de cuento de hadas, la que deseaba cosas por cada pestaña, la que soñaba algo imposible cada mañana. Volver a ser la que un día fui antes de que irrumpieras en mi vida, devastando todo a tu alrededor. Volver a ser la persona que yo quiero ser, con todo lo que esto conlleva y lo mejor de todo es que no queda ni rastro del miedo.

miércoles, 4 de enero de 2012

That's how you know he's your love.

(LL)

Adiós o hasta pronto.

Nunca había escuchado la canción, pero la melodía melancólica y la preciosa voz de mi diosa rubia me recordaba a las tardes de verano junto a él. La brisa marina de agosto acariciando nuestros rostros y mi corazón latiendo bien fuerte sin saber que estaba siendo engañado.
Mañana todo esto se terminará. Adiós a los pequeños parques, adiós a los bajos ruídos, adios a la Estrella, adiós a todo. Adiós pequeña ciudad, te mandaré saludos desde donde me encuentre. Es cierto que todavía no sé adonde voy, puede que me pase por Creta, o me mueva por Inglaterra o, simplemente, directa a Nueva York...todavía no lo se.
Eso sí, Gwynet Paltow me acompañará, ella y su guitarra son lo único que me quedan.
Adiós o hasta pronto...
Rebeca.

martes, 3 de enero de 2012

En el medio.


Vivo en el borde. Sobre la línea fronteriza.
Han pasado tantos cruzando por aquí que ya debería haber desaparecido.
Con la vejez del tiempo, el suelo de piedra se quebró, se desgastó, se volvió tierra. Y la tierra se perfiló hasta ser arena, hasta reducirse a polvo. Sin embargo, la línea permanece imperturbable, ni siquiera se ha emborronado.
Este es un lugar aburrido.
A pesar de la actividad, de los muchos que he visto pasar por aquí, nunca he hablado con alguno.
Sólo son rostros enfadados, voces que gruñen, labios que maldicen algún nombre que quisieran ya haber olvidado…
¿O no?
Conozco sus preguntas.
¿Es el amor una enfermedad buena doctor?
¿Es sólo una palabra? ¿O de verdad existe?
Como siempre, esperanza es la última en abandonar el campo de batalla.
El ser vivo que gobierna el planeta Tierra, resulta ser el más vulnerable de cuantos los habitan…
Viven al borde de mi borde. Entre amor y odio.
Se enamoran de una mirada, de unos ojos.
Lloran si se quedan solos.
Odian a quien no supo quererles.
Tienen millones de cicatrices, por debajo de la piel.
Amor es quien corta, hace esas heridas y las empapa en alcohol, para que palpiten y escuezan. Siente la vida.
Odio es quien las cierra, despacio, con cremallera.
Para que puedas abrirlas cuando quieras. Recordarte, arrepentirte, reinventarte…
Hay amores que duran toda una vida…Y amores de un segundo cuyo recuerdo te acompaña hasta el último de los días.
Alguna vez, lo sé, te atrapó en sus redes el sentimiento inexplicable.
No puedes, no hay posible huida. Vivirás cruzando de un lado a otro esta línea.
Y yo seguiré aquí.
Vivo en la mitad. No hay lado bueno o malo.
Tan solo veo la realidad que os une y os separa.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Nunca te enamores de un poeta.ñ

Nunca te enamores de un poeta. Los poetas son los seres humanos que más angustiosamente viven un amor, los que más se enamoran y los que más sufren porque hacen sufrir. Un poeta es la persona más romántica del mundo, pero la menos poética.
Rebeca se rió…Me encantaba su risa, tenía una sonrisa preciosa. Aquel sonido infantil e inocente era mi más preciada musa de inspiración.
-¿Cómo puedes decir eso Jonh? Tú eres poeta.-declaró

¿Cómo olvidar aquel momento?
La bella Rebeca y yo nos encontrábamos tumbados en la cama sobre las sábanas color melocotón que ella misma había tejido, cada uno con su respectiva almohada pero colocados horizontalmente. Mi brazo descansaba tímidamente sobre su perfecta cintura, mientras sus suaves manos acariciaban dulcemente mis mejillas. Yo le hablaba en voz baja al oído mientras ella sonreía y me susurraba igualmente para contestarme.
De repente me pareció que el mundo se había parado, que todo terminaba y que ya me encontraba en el paraíso. El paraíso de Rebeca. Mientras nuestros labios estaban juntos yo ya no escuchaba ni el ruido de las agujas del reloj.
-Tengo que comunicarte, querido Jonh, que, para tu desgracia y desobediencia a tu anterior argumento, me eh enamorado de un poeta. Un poeta que ama, que escribe, pero también sufre y, sobre todo, también llora.
Era cierto. Rebeca y yo estábamos enamorados.
Después volvió a reírse. Su risa era para mi como el canto de los pájaros en primavera o un concierto de Mozart tocado por una pequeña orquesta de violones angelicales. Su sonrisa era perfecta.
-Jonh, todavía no me has contestado. ¿Cómo es posible que un poeta sea la persona menos poética del mundo?-insistió-No tiene sentido.
-Rebeca, en este mundo, nada tiene sentido. Piénsalo siempre.
Y el tiempo volvió a pararse. Mientras nuestros labios se besaban, nuestros cuerpos dejaban atrás la razón y se hacían dueños de ellos mismos. La cama se empapó de amor bajo aquellas sábanas color melocotón.

R.de W.-La que se enamoró de un poeta

martes, 6 de diciembre de 2011

Rompeolas.

Llévame a ver salir el sol desde todos los portales de la luna. Llévame al puerto y al malecón
cuando el cielo se nos llene de gaviotas. Alumbrando las calles oscuras, todas las estrellas que hoy durmieron solas. Desde el rompeolas me acuerdo de ti-
Vuelo controlado, colgado del palo de las banderolas.
Y ahora ya no puedo prestarte mi abrigo, ni quitarte la ropa, ni sudar contigo, ni perder la calma, ni decirte las cosas que nunca te he dicho.
Y ahora ya no puedo prestarte mis alas, ni subirte la falda, ni cogerte con vicio,  ahora da lo mismo reírse de todo, que llorar por nada.

Cartas de amor.

Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

martes, 22 de noviembre de 2011

Ojos azules.

Esa tarde había empezado a llover. Sam se asomó a la ventana porque sabía que tarde o temprano pasaría por allí con su paraguas verde oscuro.
Solía pasar por allí por las tardes cuando se dirigía al parque a tocar con su vieja guitarra o a la tienda de música del barrio. Sam lo había visto por primera vez hacía unos 3 meses, y desde entonces no podía evitar el asomarse todas las tardes para verlo. Había algo en él que la atraía. Quizás fuera su aire despreocupado, sus ojos negros o esa forma de andar tan peculiar que tenía.
Llevaba mucho tiempo planteándose la idea de tener “un encuentro casual” con él, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Él se asustaría, no la conocía, pensaría que era una loca que lo llevaba espiando desde la ventana durante mucho tiempo. Ni siquiera sabría que existía. Solo tenía constancia de que un día alzó la vista y la vio apontocada en el alfeizar, pero nada más.
Algo dentro de la pequeña Sam le impulsaba a actuar, a sacar fuerza de sí misma para poder ser capaz de mirarle a los ojos y decirle lo que sentía cada vez que lo veía pasar por la calle. Cualquiera pensaría que estaba loca, pero ella era así, tenía la capacidad de ver dentro de las personas sin ni siquiera conocerlas, y se había enamorado de lo que había visto dentro de él.
Entonces, vio aparecer ese paraguas verde al fondo de la calle y un impulso recorrió todo su cuerpo. Era el momento.
Bajó deprisa las escaleras del edificio y se presentó en la calle con lo puesto y sin paraguas. Cuando él se encontraba cerca, sus pies se movieron como si tuvieran vida propia y la llevaron hasta el chico.
-Disculpa no tengo paraguas- dijo ella sonrojada.
Él esbozó una sonrisa.
-Soy Sam.
-Por fin te pongo nombre, ojos azules- su respuesta rompió todos los esquemas de Sam y le llenó de un sentimiento hasta ahora desconocido para ella.

Rebeca de Winter

Se alimentaba de las migajas de esos abrazos.

Era una chica temeraria, de esas cuya energía cabalga por sus venas, que sufre sobredosis de éxtasis cada dos por tres. Sus padres siempre decían que era muy poca cosa, pero ella era capaz de crear huracanes cada vez que estornudaba. Cada vez que la abrazaban lo hacían con una delicadeza extrema, con mucho cuidado para no romperla. Aunque ellos no sabían que sus huesos no estaban hechos de calcio, sino de acero inoxidable.

Le encantaba el riesgo. Solía pasarse todo el tiempo haciendo locuras. Siempre con la cabeza y el corazón bien camuflados entre las estrellas, y los pies bien enterrados en la arena. Uno de sus pasatiempos preferidos era subir a los árboles. Escalar por sus robustos troncos, haciéndose rasguños en las piernas y cortes en las manos. Le gustaba sentarse en la rama más alta y balancearse, retando a la gravedad. Entonces su corazón se aceleraba y la sangre bullía con más fuerza por su cuerpo. En ese momento toda ella se estremecía, como si en su interior estuvieran estallando fuegos artificiales.

Otra de sus travesuras era correr por el bosque que rodeaba la ciudad. Dejaba a sus piernas libres, y volaba cual ave rapaz. Su cabello se agitaba por el viento, sus músculos se ponían en tensión, mientras iba riendo a carcajadas y esquivando los árboles a una velocidad que difícilmente podía mantener. Su corazón se desbocaba, como un caballo salvaje al galope.

La sensatez brillaba por su ausencia en sus ojos. Esos ojos que, a pesar de estar en un cuerpo que desprendía vida por cada poro de la piel, tenían una mirada apagada. Y es que esa chispa tan sólo se encendía cada vez que se encontraba en peligro. Cada vez que el riesgo le arañaba el alma, transformándola en alguien diferente sólo por unos segundos. Esa sensación de frenesí era lo único que hacía a su corazón latir. Palpitar hasta desfallecer. Acelerarle el pulso. Bombear las cenizas de coraje que tenía desperdigadas por sus vasos sanguíneos. Ese valor que se escondía entre sus vértebras, en el fondo del estómago, bajo la lengua y en la punta de sus pestañas.

Ella sólo quería volver a palpar ese amor que un día sintió por él. Ese que él también juró sentir por ella, o eso susurraban cada mañana sus besos. Se había resignado a vivir una vida que duraba segundos, tras los que su corazón se quedaba inerte hasta que volvía a realizar otra locura. Por eso se dedicaba a recopilar escalofríos. A guardar espasmos de esa antigua emoción. A recordar que era compartir su almohada. A devolverle a su corazón algo de lo que un día fue. Aunque sólo fuesen restos de ese amor, migajas de esos abrazos, escombros de esos orgasmos, residuos de esos te quiero.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Listas, números, cosas...

Los diez mandamientos, los cuarenta principales, los veinte mejores besos del cine, los cincuenta mejores atletas de la historia, cien lugares que no puedes dejar de visitar y tres cosas que te llevarías a una isla desierta.Hay listas de invitados, listas de la compra, listas negras, listas de aprobados, listas... en las que es mejor no estar.Los seres humanos amamos las listas, hay miles de listas diferentes, y, sin embargo, todas tienen algo en común: en una lista, siempre hay un primero y luego, vienen todos los demás.
Rebeca de Winter.-

jueves, 17 de noviembre de 2011

Un nuevo yo, un nuevo él

Un café humeante, unos pastelitos de coco y un libro en la mano. Fuera llueve, puedo notar perfectamente como cada gota golpea con suavidad el enorme cristal de la cafetería. Sonrío . Abro el libro y nada más empezar, me sumerjo en ese nuevo mundo; ese mundo en el que viviré mientras hayan palabras en sus hojas. Me siento bien puesto que... este es un día más de los que tanto adoro.
El vintage, la bohemia y el jazz clásico llevan las riendas de mi día a día.
Además,tengo la facilidad de enamorarme de personas que no se lo merecen.
¿De verdad estás dispuesto a conocer a Rebeca de Winter?

Dear heart, why him?

Cada vez que te miro siento que mi vida gira en torno a ti pero, ¿sabes? Me ha acabado dando igual, porque vivo contenta teniéndote todas las noches en mis sueños e imaginándome una vida contigo. Tu mirada hace que sienta sentimientos que ni siquiera sabía que existían. Eres mejor de lo que creen los demás y mejor de lo que crees tu mismo. Tu sonrisa hace que olvide todos mis días malos del año y es que tu poder sobre mi es más del que te imaginas. Sueño dormida y sueño despierta esperando a que algún día vengas a buscarme, a que algún día aparezcas justo en el momento en el que las puertas de un ascensor de a saber que lugar se estén cerrando y consigas que ese ascensor no siga su camino, que entres y me beses como jamás lo han hecho, que me demuestres todo lo que me quieres y que creas que yo soy lo más bonito que tienes alrededor. Vivo con la esperanza de que algún día atravieses la pantalla del ordenador y me digas que estás enamorado de mi. Y mientras sueño con la mejor vida a la que mi imaginación puede llegar sigo esperando detrás de la pantalla, subo en los ascensores que siguen su camino sin interrupciones que cambiarían mi vida y sigo tumbada en mi cama con mi ipod y con los ojos cerrados, soñando.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El teatro más pequeño del mundo, o al menos hasta que alguien diga lo contrario, se esconde en una casa del barrio de Gràcia. Quizás una mañana de inspiración no musical, su dueño decidió compartir lo que hacía, bajar las escaleras, instalarse en el salón de su casa y empezar a tocar el piano para el público.
19 también toca el piano, aunque entre risas dice que al contrario de la biografía que tenemos entre manos, se conforma con que alguien escriba que a los 30 años lo INTENTABA, me refiero a lo de tocar a grandes clásicos como Chopin o Bach.
Empieza el concierto, y a pesar de la incomodidad de las sillas, siento que la música me devora, las notas se acompañan de historias contadas con palabras, y me acuerdo del post de la GATA ROMA acerca de la sinestesia, no son colores, pero sí melodías unidas a otros sentidos.
El músico que aporrea al piano habla de una triste historia de Wilde escrita para niños, la de un pajarillo que conoce a un príncipe hecho estatua cubierto de joyas, que conmovido por la pobreza del mundo, encarga a la pequeña ave repartir su riqueza hasta arrancarle sus dos ojos que eran diamantes, muere el pájaro al llegar el invierno, derrumban la estatua al volverse fea sin todos sus abalorios, y en el repiquetear de las teclas se puede intuir el aleteo de las alas, los ojos ciegos que no pueden soltar las lágrimas, el cataclismo y la no recompensa a los buenos.
Y el músico se levanta para recibir los aplausos y pide una nota musical, y yo grito fuerte: “¡un Sol!” y lo grito sabiendo que esa nota me gusta porque está en el medio de pentagrama y porque es redonda, gorda, grande y brilla tanto como la estrella. Y entonces se oye: “Do” “Re”, y empieza la improvisación, y vuelven los aplausos y la magia llena la noche, y la música hace maravillas, amansa a las fieras y aviva el corazón.

jueves, 20 de octubre de 2011

Olor a menta otoñal.

Mientras caminaba con la música del viento azontando las copas de los árboles pensé que a él le gustaría aquella sensación. El suelo estaba cubierto de hojas secas color marrón, el mar lucía un color azul con reflejos verds y el frío inundaba el ambiente. Era, como él sabía decir muy bien: Sabor de menta otoñal. Hoy era día uno, uno de noviembre.
Las lágrimas no tardaron en aparecer. Descendía por mis mejillas a la par que los recuerdos iban y venían por mi cabeza. Rabia, había rabia escondida, pero también dolor y tristeza. Él me había dejado, sin acordarse de mí, sin despedirse, sin saber apenas mi nombre. No era su culpa, cierto, pero nada, absolutamente nada, iba a devolvérmelo en aquellos momentos tan horribles. Daría lo que fuera por volver con él de nuevo a la playa, tumbarme en la arena a su lado e intentar cerrar los ojos observando sensaciones. “escucha tu cuerpo, Reb” decía.
Él me enseñó muchas cosas pero su última lección fue sin duda la peor de todas. Me enseñó a echar de menos a alguien, lo duro que es perder algo que realmente quieres y también me enseñó a llorar dando la cara.
Supongo que esas lecciones darán su fruto algún día pero, la verdad, mientras tanto, seguiré paseando oliendo a menta otoñal.
El viento azota las copas de los árboles y yo pienso en tí, abuelo.


Rebeca de Winter.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Primera parte. La historia de Carson


CARSON.
Esta historia comienza un día cualquiera, en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera. Esta vez, he decidido empezar a contarla por el final.
Todo comienza, o termina en este caso, el día más triste de la vida de una persona. Si, lo has entendido, es una historia triste. Todo ocurrió aquel día…
Capítulo 1.
Un día soleado en una ciudad desconocida.
Carson se miró al espejo una vez más antes de salir por la puerta. Observó su rasgos uno a uno para comprobar que todo estaba perfecto. Era una de sus miles y millones de manías insoportables, observar ante el espejo, una y otra vez, todas y cada una de sus imperfecciones.
Aquel día su piel no estaba tan pálida como de costumbre. Los numerosos días que había acudido a la playa en aquel maravilloso viaje habían dado por fin su fruto. Sus labios estaban como siempre, finos y delgados. Los había heredado de su madre. Su labio inferior siempre sobresalía un poco hacia fuera, mientras que el superior, mucho más fino, era de menor tamaño. Eran algo que la caracterizaba, ya que viéndolos, todo el mundo sabía que eran los labios de Carson. En cambio, su nariz venía de la familia paterna. Era pequeña y respingona, algo que ella odiaba, además de, según ella, deforme.
Luego estaban sus ojos de ese color tan extraño. Nadie sabía identificar el color de su iris. Era una mezcla entre marrón en el borde, verde por el medio y una pupila, siempre un poco dilatada, rodeada de color azul. Como cada mañana, brillaban. Era una de las pocas partes de su propio cuerpo que agradaba a Carson. Por último estaba su pelo. Este era largo, voluminoso y de un color rojizo envidiable a cualquiera. No era el típico color zanahoria que todo el mundo piensa cuando le mencionan a una pelirroja, sino, un extraño, más oscuro y seductor. Carson siempre se lo peinaba hacia delante, cayendo por sus dos hombros y su flequillo no la dejaba ver su frente. El color del pelo era otra característica materna.
Después del examen corporal, sonrió. Carson no tenía, precisamente, una sonrisa bonita, pero tampoco era horrible. Sus dientes delanteros era demasiado grandes, pero, junto con el brillo de sus ojos, el dibujo que formaban sus finos labios no era del todo feo. Era, simplemente, una sonrisa normal. Ella en sí, con todos sus defectos y manías, era una persona normal.
Salió de su casa hacia la parada del autobús con los cascos e su walkman puestos. Adoraba escuchar música por la calle y olvidar todos esos insoportables ruidos que ocasiona la ciudad. I am woman es la canción que escucha, su canción preferida. Le trae muchos recuerdos. Buenos en su época, pero no está bien recordarlos.
Carson miró su reloj con impaciencia. ¿Por qué tardaba tanto el autobús? Llegaría tarde y, por ninguna circunstancia, podía llegar tarde. Tenía el primer ensayo con su nueva obra de teatro y quedaría fatal llegando tarde el primer día. La verdad ¿Por qué no había aceptado que Anthony la llevara? ¿Acaso no era su novio? Tal vez no le apetecía aguantarlo ya a aquellas horas de la mañana.
Por fin iba a actuar en un musical. Hacía años que no pisaba un escenario para hacer un dramón y la idea le entusiasmaba.
Por fin llegó el autobús. Mientras subía, su móvil empezó a emitir la melodía de I am woman. Era Rebeca, su prima de Inglaterra. Todos los veranos, Carson, iba una semana a verla y a pasar con ella las fiestas de su pequeña ciudad. Lo que le pareció extraño fue que estábamos en julio y ella siempre solía ir a finales de agosto. Extrañada, contestó al teléfono.


-Rebeca ¿Qué tal?
-Carson, tengo que contarte una cosa…-su tono era serio ¿Acababa de llorar?
-¿Rebeca? ¿Estás llorando? ¿Qué pasa?
-Mira, te lo voy a decir así, de golpe, sin rodeos ¿vale?
-Me estoy preocupando… ¿Qué es lo que pasa?
-Eric ha muerto.

viernes, 2 de septiembre de 2011

UNIVERSIDAD


Hoy es uno de esos días en que te levantas con pereza, sin ganas de ir a clase, sin ganas de salir de la cama, sin ganas tan siquiera de abrir los ojos. Pero entonces entra tu madre, levanta la persiana y con las manos en la cintura, te mira con reproche. Le dices claramente que no piensas levantarte de allí al menos en una semana. ¿Y qué te contesta? Que deberías empezar a desperezarte, que para algo te está pagando la Universidad. A ello le contestas que también te había pagado el instituto y habías sacado muy buenas notas. A lo que te salta que casi siempre suspendías las mates.
Y finalmente terminas por decir:
– Me iré a un lugar donde no me recuerden que odio las mates, es decir, a clase.
Ella pone cara de victoria y tú de resignación.
Ni siquiera esperé a mi hermano para ir a la Universidad. Digamos que andaba algo molesto, por no decir que se levantaba y se acostaba con la misma cara de malos humos. Ni mi padre había podido aguantarle por lo que nos mandó a pasar el fin de semana con nuestra madre (sí, aun siendo más que jóvenes adultos y responsables éramos como dos pelotas en un partido de tenis, para aquí y para allá todo el santo día). Estaba claro que Sergio estaba molesto por algo, y claro que era por largarme con Cristian delante de sus narices. Fijo que lo había visto todo desde la ventana aquella noche. Cotilla. Sabiendo lo que siento y pienso y todavía hacía aquellas chiquilladas. Y tampoco era de extrañar que Cristian se lo hubiera restregado o en una llamada o por messenger diciéndole “tu hermana estuvo en mi casa, bebida y estuve a punto de tirármela”. Si ése hubiese sido el caso, Sergio tendría los nudillos en carne viva y la foto de Cristian estaría en el periódico.
Cuando llegué al campus, con los pies destrozados – ¿por qué no iría en coche? –, ralenticé el paso. La facultad de Letras no se iba a mover de su sitio y ni iba a desaparecer… A no ser que de repente le cayera un meteorito encima… Posible era, probable…
Perdida en mis pensamientos y con el itinerante camino ya aprendido, mis pies me llevaban hasta mi lugar de destino. Esto no quería decir que mis pies supiesen de la existencia de obstáculos móviles y vivos a mi paso. Cuando quise darme cuenta, había chocado violentamente con un par de chicos, a los que se les cayeron los libros al suelo – era la típica escena americana en la que dos personas chocan y en la que todo lo que llevan en las manos se les cae, aunque lo tengan agarrado con pegamento –.
– ¡Ay, Dios! Lo siento – exclamé quedándome parada como una tonta. Había salido de mi ensimismamiento y no sabía qué hacer, si primero pedir disculpas y recogerles los libros, o recogerles los libros y pedirles disculpas, o recoger los libros mientras pedía disculpas.
– Mierda… – protestó uno de ellos, el más alto, el que parecía más molesto. Hizo un gesto con la cabeza y su compañero recogió todos los libros, aun cuando quise agacharme para hacerlo yo. Me miró con aires de superioridad, y no lo decía porque me sacara dos cabezas sino porque se veía que iba de chulo. – Ponte gafas, puta satánica.
Me fulminó con sus ojos castaños y pasó a mi lado golpeándome en el hombro. Su amigo el del pelo rojo, naranja y amarillo, que no había abierto la boca, me echó un vistazo rápido de arriba abajo y salió detrás de su compañero soltando una carcajada algo siniestra. Flipando, así fue como me quedé. ¿Puta satánica? Y me lo dice el que tenía pinta de nazi.
Eran como el Gordo y el Flaco, o mejor dicho, como David y Goliat: uno alto y fuerte con el pelo rapado y una personalidad dominante, y otro bajito y delgaducho con el pelo punkinizado y muy obediente y a la vez trastornado.
Negué con la cabeza. Era la primera vez que les veía por allí. Tal vez sólo hubieran ido a la biblioteca pero, sinceramente, chicos como ellos llevando libros no era algo que se viese todos los días ¿verdad? Me giré para verles una vez más. No eran extraños ni tampoco raros (aunque el bajito daba algo de miedo…), pero sí que eran unos completos desconocidos.
Me encogí de hombros. Ni que tuviera que conocer a todo el mundo cuando eres una anti-social.

lunes, 18 de julio de 2011

DESEOS.

El deseo nos rompe el corazón, nos extenúa. El deseo puede destruir nuestras vidas.
Anni B Sweet.
Y aunque a veces desear puede ser muy duro, las personas que más sufren son las que no saben lo que quieren.


RdeW

martes, 5 de julio de 2011

Rebeca de Winter.

Perdí el zapato escapando de aquel cuento que vivimos, decidí salir corriendo a consumirme entre el deseo y vino el tiempo, amargo tiempo que me quito el sueño. Debo ser autista de emociones que tú anhelas, dime entonces por qué me encierro en mi habitación a contar las estrellas. Ahora espero que me besen cuando duermo, que me enseñen a volar y me hablen de nunca jamás. Sigo buscando respuestas pero al parecer no llegan sigo en busca de la magia de caricias, de algo más... 
Ahora espero volver a ser Rebeca de Winter.

RdeW

Di adiós Rebeca.

-Nunca, nunca, te enamores de una mujer que se vende. Siempre acaba ¡MAL!. Tenemos un baile en los burdeles de Buenos Aires. Cuenta la historia de una prostituta y de un hombre que se enamora de ella.
Al principio hay deseo, pasión. Luego, sospecha, celos, ira, traición. Cuando el amor es para el mejor postor, no se puede confiar, y sin confianza no hay amor. Los celos, sí, los celos, te volverán loco.

DI ADIÓS, REBECA.