Nunca te enamores de un poeta. Los poetas son los seres humanos que más angustiosamente viven un amor, los que más se enamoran y los que más sufren porque hacen sufrir. Un poeta es la persona más romántica del mundo, pero la menos poética.
Rebeca se rió…Me encantaba su risa, tenía una sonrisa preciosa. Aquel sonido infantil e inocente era mi más preciada musa de inspiración.
-¿Cómo puedes decir eso Jonh? Tú eres poeta.-declaró
¿Cómo olvidar aquel momento?
La bella Rebeca y yo nos encontrábamos tumbados en la cama sobre las sábanas color melocotón que ella misma había tejido, cada uno con su respectiva almohada pero colocados horizontalmente. Mi brazo descansaba tímidamente sobre su perfecta cintura, mientras sus suaves manos acariciaban dulcemente mis mejillas. Yo le hablaba en voz baja al oído mientras ella sonreía y me susurraba igualmente para contestarme.
De repente me pareció que el mundo se había parado, que todo terminaba y que ya me encontraba en el paraíso. El paraíso de Rebeca. Mientras nuestros labios estaban juntos yo ya no escuchaba ni el ruido de las agujas del reloj.
-Tengo que comunicarte, querido Jonh, que, para tu desgracia y desobediencia a tu anterior argumento, me eh enamorado de un poeta. Un poeta que ama, que escribe, pero también sufre y, sobre todo, también llora.
Era cierto. Rebeca y yo estábamos enamorados.
Después volvió a reírse. Su risa era para mi como el canto de los pájaros en primavera o un concierto de Mozart tocado por una pequeña orquesta de violones angelicales. Su sonrisa era perfecta.
-Jonh, todavía no me has contestado. ¿Cómo es posible que un poeta sea la persona menos poética del mundo?-insistió-No tiene sentido.
-Rebeca, en este mundo, nada tiene sentido. Piénsalo siempre.
Y el tiempo volvió a pararse. Mientras nuestros labios se besaban, nuestros cuerpos dejaban atrás la razón y se hacían dueños de ellos mismos. La cama se empapó de amor bajo aquellas sábanas color melocotón.
R.de W.-La que se enamoró de un poeta
Se necesitan dos años para aprender a hablar, pero toda una vida para aprender a callarse.
Él
Un amor olvidado que en realidad nunca dejó de existir.
jueves, 29 de diciembre de 2011
martes, 6 de diciembre de 2011
Rompeolas.
cuando el cielo se nos llene de gaviotas. Alumbrando las calles oscuras, todas las estrellas que hoy durmieron solas. Desde el rompeolas me acuerdo de ti-
Vuelo controlado, colgado del palo de las banderolas.
Y ahora ya no puedo prestarte mi abrigo, ni quitarte la ropa, ni sudar contigo, ni perder la calma, ni decirte las cosas que nunca te he dicho.
Vuelo controlado, colgado del palo de las banderolas.
Y ahora ya no puedo prestarte mi abrigo, ni quitarte la ropa, ni sudar contigo, ni perder la calma, ni decirte las cosas que nunca te he dicho.
Y ahora ya no puedo prestarte mis alas, ni subirte la falda, ni cogerte con vicio, ahora da lo mismo reírse de todo, que llorar por nada.
martes, 22 de noviembre de 2011
Ojos azules.
Esa tarde había empezado a llover. Sam se asomó a la ventana porque sabía que tarde o temprano pasaría por allí con su paraguas verde oscuro.
Solía pasar por allí por las tardes cuando se dirigía al parque a tocar con su vieja guitarra o a la tienda de música del barrio. Sam lo había visto por primera vez hacía unos 3 meses, y desde entonces no podía evitar el asomarse todas las tardes para verlo. Había algo en él que la atraía. Quizás fuera su aire despreocupado, sus ojos negros o esa forma de andar tan peculiar que tenía.
Llevaba mucho tiempo planteándose la idea de tener “un encuentro casual” con él, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Él se asustaría, no la conocía, pensaría que era una loca que lo llevaba espiando desde la ventana durante mucho tiempo. Ni siquiera sabría que existía. Solo tenía constancia de que un día alzó la vista y la vio apontocada en el alfeizar, pero nada más.
Algo dentro de la pequeña Sam le impulsaba a actuar, a sacar fuerza de sí misma para poder ser capaz de mirarle a los ojos y decirle lo que sentía cada vez que lo veía pasar por la calle. Cualquiera pensaría que estaba loca, pero ella era así, tenía la capacidad de ver dentro de las personas sin ni siquiera conocerlas, y se había enamorado de lo que había visto dentro de él.
Entonces, vio aparecer ese paraguas verde al fondo de la calle y un impulso recorrió todo su cuerpo. Era el momento.
Bajó deprisa las escaleras del edificio y se presentó en la calle con lo puesto y sin paraguas. Cuando él se encontraba cerca, sus pies se movieron como si tuvieran vida propia y la llevaron hasta el chico.
-Disculpa no tengo paraguas- dijo ella sonrojada.
Él esbozó una sonrisa.
-Soy Sam.
-Por fin te pongo nombre, ojos azules- su respuesta rompió todos los esquemas de Sam y le llenó de un sentimiento hasta ahora desconocido para ella.
Rebeca de Winter
Solía pasar por allí por las tardes cuando se dirigía al parque a tocar con su vieja guitarra o a la tienda de música del barrio. Sam lo había visto por primera vez hacía unos 3 meses, y desde entonces no podía evitar el asomarse todas las tardes para verlo. Había algo en él que la atraía. Quizás fuera su aire despreocupado, sus ojos negros o esa forma de andar tan peculiar que tenía.
Llevaba mucho tiempo planteándose la idea de tener “un encuentro casual” con él, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Él se asustaría, no la conocía, pensaría que era una loca que lo llevaba espiando desde la ventana durante mucho tiempo. Ni siquiera sabría que existía. Solo tenía constancia de que un día alzó la vista y la vio apontocada en el alfeizar, pero nada más.
Algo dentro de la pequeña Sam le impulsaba a actuar, a sacar fuerza de sí misma para poder ser capaz de mirarle a los ojos y decirle lo que sentía cada vez que lo veía pasar por la calle. Cualquiera pensaría que estaba loca, pero ella era así, tenía la capacidad de ver dentro de las personas sin ni siquiera conocerlas, y se había enamorado de lo que había visto dentro de él.
Entonces, vio aparecer ese paraguas verde al fondo de la calle y un impulso recorrió todo su cuerpo. Era el momento.
Bajó deprisa las escaleras del edificio y se presentó en la calle con lo puesto y sin paraguas. Cuando él se encontraba cerca, sus pies se movieron como si tuvieran vida propia y la llevaron hasta el chico.
-Disculpa no tengo paraguas- dijo ella sonrojada.
Él esbozó una sonrisa.
-Soy Sam.
-Por fin te pongo nombre, ojos azules- su respuesta rompió todos los esquemas de Sam y le llenó de un sentimiento hasta ahora desconocido para ella.
Rebeca de Winter
Se alimentaba de las migajas de esos abrazos.
Era una chica temeraria, de esas cuya energía cabalga por sus venas, que sufre sobredosis de éxtasis cada dos por tres. Sus padres siempre decían que era muy poca cosa, pero ella era capaz de crear huracanes cada vez que estornudaba. Cada vez que la abrazaban lo hacían con una delicadeza extrema, con mucho cuidado para no romperla. Aunque ellos no sabían que sus huesos no estaban hechos de calcio, sino de acero inoxidable.
Le encantaba el riesgo. Solía pasarse todo el tiempo haciendo locuras. Siempre con la cabeza y el corazón bien camuflados entre las estrellas, y los pies bien enterrados en la arena. Uno de sus pasatiempos preferidos era subir a los árboles. Escalar por sus robustos troncos, haciéndose rasguños en las piernas y cortes en las manos. Le gustaba sentarse en la rama más alta y balancearse, retando a la gravedad. Entonces su corazón se aceleraba y la sangre bullía con más fuerza por su cuerpo. En ese momento toda ella se estremecía, como si en su interior estuvieran estallando fuegos artificiales.
Otra de sus travesuras era correr por el bosque que rodeaba la ciudad. Dejaba a sus piernas libres, y volaba cual ave rapaz. Su cabello se agitaba por el viento, sus músculos se ponían en tensión, mientras iba riendo a carcajadas y esquivando los árboles a una velocidad que difícilmente podía mantener. Su corazón se desbocaba, como un caballo salvaje al galope.
La sensatez brillaba por su ausencia en sus ojos. Esos ojos que, a pesar de estar en un cuerpo que desprendía vida por cada poro de la piel, tenían una mirada apagada. Y es que esa chispa tan sólo se encendía cada vez que se encontraba en peligro. Cada vez que el riesgo le arañaba el alma, transformándola en alguien diferente sólo por unos segundos. Esa sensación de frenesí era lo único que hacía a su corazón latir. Palpitar hasta desfallecer. Acelerarle el pulso. Bombear las cenizas de coraje que tenía desperdigadas por sus vasos sanguíneos. Ese valor que se escondía entre sus vértebras, en el fondo del estómago, bajo la lengua y en la punta de sus pestañas.
Ella sólo quería volver a palpar ese amor que un día sintió por él. Ese que él también juró sentir por ella, o eso susurraban cada mañana sus besos. Se había resignado a vivir una vida que duraba segundos, tras los que su corazón se quedaba inerte hasta que volvía a realizar otra locura. Por eso se dedicaba a recopilar escalofríos. A guardar espasmos de esa antigua emoción. A recordar que era compartir su almohada. A devolverle a su corazón algo de lo que un día fue. Aunque sólo fuesen restos de ese amor, migajas de esos abrazos, escombros de esos orgasmos, residuos de esos te quiero.
Le encantaba el riesgo. Solía pasarse todo el tiempo haciendo locuras. Siempre con la cabeza y el corazón bien camuflados entre las estrellas, y los pies bien enterrados en la arena. Uno de sus pasatiempos preferidos era subir a los árboles. Escalar por sus robustos troncos, haciéndose rasguños en las piernas y cortes en las manos. Le gustaba sentarse en la rama más alta y balancearse, retando a la gravedad. Entonces su corazón se aceleraba y la sangre bullía con más fuerza por su cuerpo. En ese momento toda ella se estremecía, como si en su interior estuvieran estallando fuegos artificiales.
Otra de sus travesuras era correr por el bosque que rodeaba la ciudad. Dejaba a sus piernas libres, y volaba cual ave rapaz. Su cabello se agitaba por el viento, sus músculos se ponían en tensión, mientras iba riendo a carcajadas y esquivando los árboles a una velocidad que difícilmente podía mantener. Su corazón se desbocaba, como un caballo salvaje al galope.
La sensatez brillaba por su ausencia en sus ojos. Esos ojos que, a pesar de estar en un cuerpo que desprendía vida por cada poro de la piel, tenían una mirada apagada. Y es que esa chispa tan sólo se encendía cada vez que se encontraba en peligro. Cada vez que el riesgo le arañaba el alma, transformándola en alguien diferente sólo por unos segundos. Esa sensación de frenesí era lo único que hacía a su corazón latir. Palpitar hasta desfallecer. Acelerarle el pulso. Bombear las cenizas de coraje que tenía desperdigadas por sus vasos sanguíneos. Ese valor que se escondía entre sus vértebras, en el fondo del estómago, bajo la lengua y en la punta de sus pestañas.
Ella sólo quería volver a palpar ese amor que un día sintió por él. Ese que él también juró sentir por ella, o eso susurraban cada mañana sus besos. Se había resignado a vivir una vida que duraba segundos, tras los que su corazón se quedaba inerte hasta que volvía a realizar otra locura. Por eso se dedicaba a recopilar escalofríos. A guardar espasmos de esa antigua emoción. A recordar que era compartir su almohada. A devolverle a su corazón algo de lo que un día fue. Aunque sólo fuesen restos de ese amor, migajas de esos abrazos, escombros de esos orgasmos, residuos de esos te quiero.
domingo, 20 de noviembre de 2011
Listas, números, cosas...
Los diez mandamientos, los cuarenta principales, los veinte mejores besos del cine, los cincuenta mejores atletas de la historia, cien lugares que no puedes dejar de visitar y tres cosas que te llevarías a una isla desierta.Hay listas de invitados, listas de la compra, listas negras, listas de aprobados, listas... en las que es mejor no estar.Los seres humanos amamos las listas, hay miles de listas diferentes, y, sin embargo, todas tienen algo en común: en una lista, siempre hay un primero y luego, vienen todos los demás.
Rebeca de Winter.-
Rebeca de Winter.-
jueves, 17 de noviembre de 2011
Un nuevo yo, un nuevo él
Un café humeante, unos pastelitos de coco y un libro en la mano. Fuera llueve, puedo notar perfectamente como cada gota golpea con suavidad el enorme cristal de la cafetería. Sonrío . Abro el libro y nada más empezar, me sumerjo en ese nuevo mundo; ese mundo en el que viviré mientras hayan palabras en sus hojas. Me siento bien puesto que... este es un día más de los que tanto adoro.
El vintage, la bohemia y el jazz clásico llevan las riendas de mi día a día.
Además,tengo la facilidad de enamorarme de personas que no se lo merecen.
¿De verdad estás dispuesto a conocer a Rebeca de Winter?
El vintage, la bohemia y el jazz clásico llevan las riendas de mi día a día.
Además,tengo la facilidad de enamorarme de personas que no se lo merecen.
¿De verdad estás dispuesto a conocer a Rebeca de Winter?
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